Vale la pena la espera

jabraham.jpgSe publicó otra versión de este artículo en The Herald of India (El Heraldo de India)

Cuando era niño mi padre nos llevaba cada sábado a retirar nuestra orden de comida china semanal en “Ming’s Takeaway’ (restaurante de comida para llevar). Era mi parte favorita de la semana, tanto que los días de semana soñaba con el sabor del suculento pollo agridulce y trataba de recordar el sabroso aroma del cerdo con brotes de bambú en salsa de ajo.

El domingo, la sola idea del gustito chino del siguiente sábado me llenaba de gozo. Los miércoles solo faltaban tres días para el “día de comida china” y casi podía oler el plato. Cuando llegaba el sábado la expectativa era tan alta que en cuanto tenía la comida delante de mí me la engullía con tal prisa que me enfermaba. El sábado por la noche, ese niño de seis años, barrigón y con náusea, estaba listo para enfrentar la semana con la única expectativa del próximo festín.

El placer y la expectativa van siempre de la mano. El anhelo aumenta la emoción de cualquier experiencia. Para la nueva generación, la tecnología y la cultura de consumo  orientada a la gratificación instantánea, han reducido y deconstruido los períodos de espera en nuestras vidas. Cada vez tenemos menos cosas que esperar y como consecuencia, tenemos menos gozo. Según el Correo de Estados Unidos, este año el “correo lento” ha experimentado la mayor desaceleración de sus 234 años de historia. Nuestros correos electrónicos viajan en fracciones de segundo, convirtiendo al correo normal en un servicio obsoleto. En esta generación, el envío de una carta personal por correo se considera un medio creativo y nostálgico de comunicación como escuchar un casete antiguo. Ya no corremos a husmear el paquete del cartero, esperamos ansiosamente los 40 segundos que se necesitan para encender el computador y revisar el correo electrónico. En un par de décadas, hemos pasado de esperar semanas a esperar segundos.  

Junto al correo electrónico, internet ha hecho que la distribución de conocimiento sea gratuita y rápida. Olvídese del paseo a la biblioteca para buscar un libro y encontrar la fecha de nacimiento de Bret Favre, yo lo descubrí en segundos: es el 10 de octubre. Pero no solo los paseos son cosas del pasado. Mientras escribo, Google digitaliza cientos de miles de libros creando de ese modo un sistema masivo de libros y referencias en línea que muchas personas han denominado “La Biblioteca de Babel”. Muy pronto, las bibliotecas tradicionales serán innecesarias.

En la actualidad cualquier información está literalmente en las yemas de nuestros dedos, quizá el único conocimiento que no está al alcance reside en las preguntas que surgen de la disputa doméstica común (que afortunadamente nunca desaparecerá), preguntas como: “¿porqué no me entiendes?” o “¿cuántas veces tengo que decirte que no hagas esto o aquello?” De cualquier modo, el tiempo de espera para adquirir conocimientos se ha evaporado.

No solo la tecnología ha hecho posible la instantaneidad. Nuestra cultura de consumo está adaptada para brindar servicios en un abrir y cerrar de ojos. Tomemos como ejemplo la comida rápida. La compañía McDonald’s mide el tiempo de servicio en segundos no en minutos. Algunos restaurantes sirven una hamburguesa McPollo en un promedio de 27 segundos.

La información y el consumo rápido, instantáneo y abundante nos conduce a invertir más tiempo satisfaciendo nuestros deseos que esperando que nuestros deseos sean satisfechos. Hemos omitido a uno de los principales factores de la ecuación: la espera. No es de sorprenderse que las encuestas indiquen que con el estilo de vida acelerado que llevamos somos menos felices.

Nuestras culturas cristianas han adoptado este estilo de vida que se manifiesta en muchas maneras. Vivimos un cristianismo de “rotulitos”, donde la exposición bíblica y el devocional se han convertido en una serie de citas bíblicas agradables (tales como Jeremías 29.11), de modo que nuestras prácticas ya no son expresiones verdaderas o completas de la fe. Es muy fácil aferrarse a las bendiciones de Dios y olvidar las responsabilidades y ventajas que implica vivir la fe. Así como invertimos menos de un minuto en ordenar y engullir comida rápida, omitimos el proceso diario y continuo de nuestra relación con Jesús y vamos directo a las suculentas promesas divinas. Todo esto nos conduce a una fe vacía y sin contento. Nuestros corazones están preprogramados para saborear y disfrutar la espera en la relación.  

Al momento estoy comprometido con una mujer hermosa y piadosa. No la veré hasta el día de nuestra boda en cuatro meses más y aunque es difícil, hay algo bendito en este tiempo de espera y preparación. De la misma manera, la Iglesia (la esposa) anhela y espera el regreso de Cristo (el esposo). Esta imagen es una de las principales meta narrativas de la fe cristiana. Nos estamos preparando para el regreso del Mesías, lo cual constituye una práctica de espera, expectativa y crecimiento en la relación. Filipenses 3.20 indica: “Pero nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”. Mi sugerencia es que procuremos saborear más el proceso de nuestro caminar cristiano, que no busquemos gratificaciones fugaces o una teología de anuncios publicitarios, sino mas bien que encontremos gozo y esperanza mientras dura la espera del regreso del rey.

Entonces la próxima vez que busque comida rápida… escoja la fila más larga.

Jonathan Abraham es el Coordinador del Proyecto Isacar en Asociados Internacionales por el Desarrollo.